Del 24 al 30 de julio. Homenaje a los represaliados por el franquismo en el castillo de Cuéllar

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Instrucción Reservada nº 1:

… Se tendrá en cuenta que la acción ha de ser en extremo violenta para reducir lo antes posible al enemigo, que es fuerte y bien organizado. Desde luego serán encarcelados todos los directivos de los partidos políticos, sociedades o sindicatos no afectos al movimiento, aplicándoles castigos ejemplares a dichos individuos para estrangular los movimientos de rebeldía o huelgas. (General Mola, 25 de abril de 1.936)

Hay una parte de la historia de España de la que apenas se habla, que está silenciada, es la de los miles de prisioneros políticos recluídos en los campos de concentración y cárceles franquistas desde el inicio de la sublevación militar de 1936.

En Cuéllar desde el año 1938 y hasta el año 1966 el castillo es usado como cárcel y en él cumplirán su condena miles de prisioneros antifascistas, muchos de ellos morirían entre sus piedras.


Lógicamente el castillo de Cuéllar no reunía ninguna condición para ser utilizado como cárcel “aquel castillo estaba todo por dentro en ruinas, fueron los presos los que tuvieron que arreglarlo y poner las rejas para servir de prisión” (testimonio de José Bernárdez sobre su llegada prisionero al castillo de Cuéllar, del libro “Fuerte de San Cristóbal, 1938”). Otro represaliado, Régulo Martínez en su libro “Republicanos de catacumbas” narra así su ingreso en el penal del castillo de Cuéllar “… un espacio incapaz para albergar humanamente a diez personas cabríamos los treinta y uno, y había recibido la contestación de que pudiéndose cerrar la puerta, formada por rejas de la época de las mazamorras medievales, sería suficiente, … tuvimos que dormir por etapas, apretadísimos y no poco molestos porque además solo contábamos con un retrete para todos y agua escasa. Lo que si sobraba era humedad …”.

El castillo de Cuéllar se convirtió en un campo de prisioneros llamado Prisión Central de Cuéllar en el que intentaban sobrevivir miles de hombres hacinados, faltos de higiene y hambrientos a los que se intentaba doblegar su moral por no compartir las ideas de los vencedores en la guerra. Obligados a formar para los recuentos, a asistir a los actos religiosos, a ser sumisos para evitar, en lo posible, las torturas, las vejaciones y los castigos. “Un preso estaba tendiendo la ropa que acababa de lavar y recibió de un soldado un tiro por la espalda que lo dejó muerto en el acto … . Una noche, cuando estábamos acostados, a poco me toca a mi la <china>, el que estaba a mi lado tardó un poco más en acostarse y se conoce que el soldado vio la sombra, le disparó y le hirió, tuvieron que llevarlo a la enfermería …” (testimonio de José Bernárdez prisionero en el castillo de Cuéllar, del libro “Fuerte de San Cristóbal, 1938”) .

Al poco se construiría un nuevo edificio al pie del castillo, sería el Centro Penitenciario Antituberculoso de Cuéllar, al que vendrán trasladados presos enfermos de otras prisiones. Si pocos testimonios se conocen de la prisión menos aún del Sanatorio, hemos encontrado este del doctor Roberta Pelta Fernández: “El primer trabajo lo desempeñó Eliseo Subiza en la localidad segoviana de Cuéllar, como becario del Patronato Antituberculoso en un Sanatorio de Enfermedades del Tórax. En relación con esta ocupación me relataba que se trataba de una época donde “el enfermo tuberculoso se curaba viendo un pino y una vaca”, según la observación del eminente cirujano español, Plácido González Duarte; el ucraniano Shelman Abraham Waksman había descubierto la estreptomicina en 1944, pero su uso no estaba aún muy difundido”, para la mayoría de los presos no sería suficiente con la terapia del pino y la vaca y morirían junto al castillo de Cuéllar.

Ruinas del sanatorio antituberculoso tras su abandono

Con el paso de los años pasó a ser cárcel para presos por delitos comunes y en el año 1966 se procedió a su clausura.